Jimmy Butler: Síndrome Drazen Petrovic

Jimmy Butler: Síndrome Drazen Petrovic

Hay un síndrome o complejo, da igual como lo llamemos, que ataca a ciertos médicos, especialmente a cirujanos que están acostumbrados a realizar intervenciones a vida o muerte. Se trata del síndrome de Dios, y hace creer al que lo padece que es un ser infalible que está por encima del bien y del mal y que solo él es capaz de hacer bien las cosas. Es decir, o las hace él mismo o no puede hacerlas nadie. Jimmy Butler: Síndrome Drazen Petrovic

Pues bien, en el baloncesto también existe este síndrome, pero en esta ocasión se denomina síndrome Drazen Petrovic.

El síndrome Drazen Petrovic se da en jugadores que superan a los demás en capacidades y son los líderes del equipo. Suelen ser los que están acostumbrados a echarse al equipo a las espaldas y sacar a sus compañeros de los apuros. Una especie de séptimo de caballería del baloncesto.

Pongamos un ejemplo así que me viene a la cabeza.

Séptimo partido de finales de conferencia. Ahora elijamos dos equipos al azar, no sé Miami – Boston, por ejemplo.

Sigamos con las hipótesis, el equipo de casa, Miami, va a remolque todo el partido, pero demostrando que es un equipo ganador, hace un gran esfuerzo y consigue colocarse a dos puntos y con posesión a falta de 17 segundos. El balón en manos del mejor jugador de Miami, digamos que un tal Jimmy Butler y corre hacia la canasta contraria.  Quedan  17 segundos y por lo tanto tiene el tiempo suficiente para meditar que hacer en ese momento.

Puede:

—Pedir tiempo muerto.

 —Parar su carrera y esperar al resto de los compañeros para realizar un ataque más elaborado.

—Aprovechando su dominio del balón entrar a canasta y ejecutar un tiro que puede empatar el partido y quien sabe puede que hasta le hagan falta y tenga un tiro libre.

—Podría realizar un tiro de media distancia donde es un gran especialista.

Pero ninguna de estas opciones es posible, el síndrome Drazen Petrovic se presenta ante él, susurrándole al oído 

—Solo tú puedes hacerlo, los demás no saben, tú eres su líder, tú eres el mejor. Vas a ganar el partido y todos te querrán y te alabaran como te mereces.

Lo demás es historia. Triple en carrera sin posibilidad de rebote y eliminatoria perdida.

Hay también voces disonantes que opinan que fue un buen tiro, que había que hacerlo. Pues bien, cuando faltan 17 segundos y te estás jugando el pase a la final, todo tiro que no entra a canasta es un mal tiro. No podemos andar con medias tintas, ni pensar en la actuación estelar anterior de ese jugador. No entra la canasta, tu equipo no se clasifica, mal tiro, mala decisión y una consecuencia: estás eliminado.

También hay quien dice que si hubiese entrado ese tiro de tres ahora estaríamos hablando de una heroicidad, pues bien, eso entra dentro de los ” Y si” y eso no sirve para nada, es solo un ejercicio fatuo de futuros alternativos. Miami está  eliminado y ese es el único hecho que nos vale.

¿Y sus compañeros? ¿Qué pensaran realmente? ¿Les pareció bien esa acción? ¿Creen que tanto esfuerzo se puede perder por una decisión precipitada de un jugador, por muy bueno que sea? ¿No se merecían el resto de compañeros ser participes de esa última jugada?

Esas preguntas solo las pueden responder los protagonistas, pero me imagino, que ahora, sentados en sus casas, viendo el partido por televisión, no pueden ni deben estar muy contentos con lo que ocurrió en la cancha. De puertas para afuera cierran filas con su estrella, pero cuando se van a descansar, cuando cierran los ojos antes de dormir, maldecirán, aunque sea en voz baja ese tiro.  

¿Y el máximo protagonista? Ese seguro que no está contento, pero, ¿cuál es la cuestión principal?  Es muy mal síntoma cuando el síndrome de Drazen Petrovic ataca a un jugador. Un consejo. Háztelo mirar.

Miami luchó contra las corrientes marinas, contra los monstruos de las profundidades y cuando ya veía el objetivo al alcance de la mano y casi podía sentir la arena bajo sus pies, dejó de nadar y se ahogó en la orilla.

Los seguidores de Boston estarán muy agradecidos al síndrome Drazen Petrovic.

Sin plan B