LA HABITACIÓN ROJA

LA HABITACIÓN ROJA

Juan Carlos Navarro no exteriorizó casi nada cuando el segundo tiro libre entró limpio. Sin embago, lo sabía. Precisamente él era otro natural born killer en aquella atmósfera de Euroliga. El pabellón de la Paz y la Amistad escupía fuego con aquel 68-68. Había errado el primero de sus lanzamientos adicionales y etendía perfectamente la diferencia entre dejar aquellos segundos con ventaja para los blaugranas o empatados.

La Bomba apenas se tocó ligeramente la cabeza marchando hacia el banquillo. Ahora todos los ojos se posarían en el segundo depredador natural que había en pista: Vassilis Spanoulis. Dimitrios Itoudis estarái satisfecho si el demonio de Larisa se jugaba el billete a la Final Four de 2015 que se iba a celebrar en Madrid. En una zona infectada de manos defensivas, el genial anotador heleno picó un pase para Kostas Sloukas. Entonces el escolta lo vio. Allí estaba con sus brazos tatuados y dispuesto a lanzar una gran parábola que paralizó los corazones culés, llevando el éxtasis a la grada de Atenas.

Georgios Printezis fue aclamado como un héroe, una vez más. Se trataba del clásico episodio que un jugador recuerda una y otra vez a sus nietos bajo el fuego de la chimenea. No obstante, para aquel ala-pívot de ganchos heterodoxos y 2’06 metros era otra ocasión donde haber probado su arete, esa valía que lo hizo tan especial y miembro del Quinteto Ideal de su década prodigiosa en la Euroliga.

Todo comenzó en Estambul.

San Jorge y el Dragón

Dusan Ivkovic no podría reprimir aquella sonrisa que se le dibujaba en la comisura de los labios cada vez que lo veía. Resultó ser la jugada que definió muchas carreras. Esa que sueña un entrenador que alguno de sus muchachos protagonicé. Era un duelo ante un CSKA de Moscú
todopoderoso donde había luminarias como Ramūnas Šiškauskas, con justicia apodado como el Pippen del Báltico. De cualquier modo, la afición presente en el pabellón Sinan Erdem Arena siempre rememoraría al genial Miloš Teodosić agitando la toalla y celebrando, casi pensando que en aquellos primeros minutos donde apabullaron al Olympiacos iba a ser suficiente para alzar el título.

El milagro quedaría cocinado a fuego lento. Al final, con apenas segundos en el crono, Spanoulis subía la pelota. Todas las miradas se posaban en él, puesto que era el alma de aquel conjunto del Pireo que jamás se rendía. Sea como fuere, el viaje del héroe siempre necesita acompañantes. Y la máquina de anotar vio a quien sería su mejor socio en la esquina. Entonces el mundo se detuvo. En votaciones y discusiones de años después la elegirían como la canasta de la década, por encima de barbaridades cometidas por nombres con la talla de Sergio Llull, Dimitris Diamantidis o el ya citado Juan Carlos Navarro.
A partir de entonces, Printezis iría asociado a esa noche otomana. Sus doce puntos y esfuerzo en pista con muchos intangibles eran meritorios, aunque todo se resumiría en aquel espadazo con el que batió a un dragón todopoderoso moscovita, dejando incluso a Andréi Kirilenko con gesto de perplejidad. El título volaba a Grecia y volvería a hacerlo apenas una campaña después a costa del Real Madrid de Pablo Laso.

Astérix tenía Obélix. Vassilis Spanoulis jamás dudó de que contaba con San Jorge en sus filas.


La Habitación Roja

Debía ser así. En la larga carrera con la elástica rojiblanca, había sufrido importantes reveses. Cuando volvió al escenario de su gran gesta, Printezis vivió en 2017 la angustia de no poder alcanzar la tercera Euroliga. Lo impidió el maestro Obradovic, dispuesto a que su Fenerbahçe impusiera su condición de local en la noche anhelada por Estambul desde hacía muchas temporadas. Sin embargo, las deidades de los aros fueron generosas y sabían que la última batalla del lacedemonio ala-pívot quedaría saldada con victoria.

Corría el año de 2022. Y nada menos que frente a un rival íntimo. El Panathinaikos estaba padeciendo un martirio en aquel desenlace liguero (3-0 al final en la serie por el título heleno), si bien la eufórica grada olvidó a su némesis verde por un instante para dar una ovación que hizo temblar al parqué. Se retiraba uno de los suyos. Resultaba extraño. Printezis siempre volvía. Incluso había estado con sus jóvenes camaradas en Belgrado, poniendo las cosas altamente complicadas al Anadolu Efes, justo hasta que Vasilije Micić dijo basta.

Sea como fuere, toda leyenda debe alcanzar su capítulo final. Salió con gorra roja, imposible otro color, mientras la organización hacía sonar la música de Rocky, aquella genialidad de Bill Conti para homenajear al tipo fajador, ese underdog que se cuela en las quinielas. Tipo alto y callado, al estilo Gary Cooper, se notó como contenía las lágrimas mientras el público del Olympiacos quedaba sometido a su figura. Dejó la sensación de aquello estaba incluso por encima del campeonato.

Hay estrellas de hábitat. Nadie puede discutir la calidad técnica de Juan Román Riquelme. No obtante, sus acciones más espectaculares están ligadas a la Bombonera, sus balones se impregnaban de olor a bostero. Printezis, uno de los valores más fiables en la Euroliga en cuanto a rendimiento de equipo, nunca lució mejor que defendiendo la elástica del Olympiacos. Fuera de dicha zona de cómfort, ese lugar donde conectaba con compañeros y aficionados, la cuestión se complicaba.

Málaga quedó como asignatura pendiente. “Me duele no haber dado allí todo lo que pedía”. Lo rememoraba mucho tiempo después de aquel discreto periplo (2009-11), cuando su llegada fue un aluvión de ilusiones para una institución entendida y que pensaba haber hallado en el heleno ese salto de calidad para la ACB y, sobre todo, aspiraciones continentales. En teoría, todo era perfecto, incluso conectarlo con Carlos Jiménez, otro de esos comodines que hacen subrir la confianza de todos alrededor, se anticipaba cual preludio de una pareja mítica.

8’5 tantos y 3 rebotes. Cifras lejos de su auténtico potencial. Ni siquiera el magisterio de un zorro de los banquillos como Aíto García Reneses consiguió la alquimia. Poco después, retornado a Atenas, el Martín Carpena pudo comprobar al fichaje con el que habían soñado, si bien pareció embrujado en tierras andaluzas. De cualquier modo, nunca cultivó la reputación de polémico. Cada vez que se refirió a su ex equipo lo hizo con respeto y sin echar balones fuera, escenificando que sentía haber fallado a una afición entendida que quería hacerle uno de los suyos.

Mera quimera. Por y para Olympiacos. Allí es donde sus intangibles explotaban y parecía hacer milagros. Siendo ya un veterano incombustible, durante la Euroliga 2017/18, pareció reservar sus mejores actuaciones en las grandes citas. El Real Madrid del niño prodigio Luka Doncic sacó lo mejor de un viejo zorro capaz de robar faltas a presencias tan imponentes como Tavares, mientras llevaba al prodigioso esloveno a luchas en el poste bajo donde imponía sus mil trucos.
Memorias desordenadas

Georgios Bartzokas lo supo desde el primer instante que le tuvo a sus órdenes. Sí, el juego de pies era uno de los mejores del continente. Tampoco escapaba al ojo del técnico su inteligencia moviendo la espalda para detectar contrarios en el poste bajo. O su uso de la tabla, el recurso de los más inteligentes. No obstante, si el Pireo amaba a su tocayo era debido a que pronto descubrieron la verdad: era un fan más, si no hubiera jugado para el Olympiacos, habría estado allí animando con ellos en el pabellón del Ática.

Printezis tiene mejores recuerdos del O2 Arena de Londres antes que de la capital turca. Suena extraño. En la primera fue el héroe indiscutible de la velada en una gran actuación. De cualquier modo, ha admitido, ante la perplejidad periodística, que ha visto muy pocas veces el partido repetido o su canasta en el móvil que otros tendrían de fondo de pantalla. Frente al Madrid apenas logró 5 puntos, aunque para él resultó la consagración de una gran escuadra, revalidando el concepto equipo que permite hacer primar el nombre en la parte delantera de la camiseta antes que el dorsal.
“Él respeta a este club. Lo que ha logrado aquí es el reflejo de su ética y mentalidad. Con su talento se ha ganado el respeto que tiene en toda Europa”. No abundan declaraciones tan generosas en el historial de Spanoulis, un líder tan excelso como exigente con sus camaradas de armas. Kill Bill muestra con ello gratitud hacia quien le hizo ganar muchas veces desde el ingrato papel de la sombra, ese espacio imprescindible en las dinastías y que muy pocos quieren ocupar.

No hay declaraciones altisonantes en su historial o culebrones veraniegos. Printezis ejemplificaba el valor seguro, la pieza que funcionaría contra viento o marea. En la agónica serie frente al AS Mónaco, uno de los clubes con mayor proyección en Euroliga, era fácil vislumbrar que sus canastas eran las más celebradas. Los focos pertenecían a los jóvenes, pero él metía en la cabeza de los muchacho que estaban en un grande del continente y que si llegaban a una F4 podrían hacer otro milagro, uno de aquellos que hizo temblar a colosos como el CSKA.

Esa sensación de polivalencia quedará en la retina de la afición baloncestística. Podía desempeñar lo papeles de 3 o 4. Una gran fortaleza y resistencia le permitían ser un verdadero dolor defensivo, supliendo cierta lentitud, visible en su mecánica para lanzar, con gran inteligencia táctica. A nivel ofensivo suponía otra demostración de personalidad: al igual que gente como Shawn Marion, logró que supérasemos las reticencias hacia sus heterodoxos ganchos por la eficacia y habilidad con la que manejaba dicha faceta.

Unos laureles que hubo de ganar con sangre y sudor.



Perder una batalla, ganar la guerra

Pegaba pósteres de jugadores del Olympiacos en su habitación. El joven Georgios Printezis parecía fascinado durante su debut en la campaña 2003/04. Estaba compartiendo vestuario con sus ídolos, la consecución de muchas hora en las categorías inferiores. Nadie le regaló nada, pese a su condición de fan y conexión con la grada.

Aquella cesión al Olympia de Larissa sirvió para curtirse, ganar minutos y recordar que hacía frío fuera del abrigo de una institución histórica de los aros. Prometió 11’5 tantos y 4 rebotes, mereciendo atenciones propias y ajenas tras ganar el concurso de mates heleno. Llegó entonces la decisión delicada, un What if…? que podría haber alterado mucho la hoja de ruta en el campeonato europeo: ¿NBA o volver a casa? Los ojeadores tomaron nota de ese ala-pívot rocoso, aunque retornar al sitio donde pasaba más tiempo que en su residencia oficial era tentador.

Printezis empezó a ser una figura respetada, si bien no terminó de cerrar la faena por su ya comentado periplo malagueño. A la tercera tuvimos la vencida, el instante donde las piezas cayeron sobre su propio peso: Olympiacos sería ya un destino inamovible, billete de ida únicamente. Su Habitación Roja.

Una decisión familiar